Queque de plátano sin gluten

Cuando tenía siete años todavía no había regulación para las tareas que se daban en las vacaciones de invierno. Yo estaba en segundo básico cuando mi profe Gloria nos dijo que para practicar nuestra caligrafía teníamos que escribir cada día en un pequeño cuaderno (artesanal, hecho por nosotros mismos) algo que hayamos hecho e intentar acompañarlo con un dibujo.
Mis primeros días se parecieron mucho: despertarme, desayunar, ver tele, ayudar a mi mamá, leer algo en voz alta, almorzar, acompañar a mi mamá en algún encargo, pasear, llegar a casa, tomar algo, jugar/ ver a mi papá trabajar/visitar a mis abuelos y tíos que vivían al lado y dormir. Mi yo de siete años estaba conforme y aburrido con la rutina que se mostraba en mi intento de dibujar algo distinto todos los días. Todos los días se veían similares excepto por el color de la ropa.

Un dibujo, casi a la mitad del cuaderno, se distinguía entre los demás. Hay que tomar en cuenta que no soy una buena dibujante y tampoco lo era a mis siete años. En el dibujo había una fila de cuatro o cinco camas con niñas y niños echados en cada una de ellas. Yo estaba en una y al lado estaban mis papás. En el texto decía que ese día me había dolido mucho el estómago y me internaron porque no sabían qué podía ser, no había más síntomas. Llegué ahí en la noche y me mantuvieron todo el día en observación, hasta que me dieron de alta sin ningún diagnóstico.
Ninguno. Nada que explique el dolor.

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